E sta es la historia de una bella princesita que estaba prisionera, y no precisamente por voluntad de un dragón,
serpiente o cualquier otro monstruo legendario de la época; no, Hijana: la protagonista de esta historia, había sido
capturada por un diminuto y escurridizo ratoncito, cuya extraña y poderosa fuerza nadie sabía donde radicaba para poderla
combatir.
            El caso es, que cuando el rey se entero de la desaparición
de la princesa, convocó urgentemente a todos los sabios del lugar para hallar la forma más rápida y segura de rescatar a su
hija. Éstos al enterarse de la noticia apenas pudieron disimular la risa, pensando en lo simple que sería vencer al raptor.
Pero la primera comitiva encaminada a tal fin, volvió con la vergüenza de una más que sonada derrota.
            Tras el estrepitoso fracaso, nueva y urgente reunión de los
ilustres ancianos, que ya no reían, sino que más bien, tenían fruncido el entrecejo. Después de varias horas de deliberación
acordaron enviar un potente ejercito equipado con tecnología punta de la época: arcos con flechas bien afiladas y tirachinas
con piedrecillas de pedernal. La numerosa hueste llegó muy pronto a la débil construcción de Bigotitos donde tenía alojada a
su ilustre presa que desde una ventana les hacía señas agitando una y otra vez un pañuelo blanco. Hasta ellos llegaba su
débil voz diciendo:
      -¡Por favor, librarme de este horrible encierro!.
      A lo que toda la tropa unánimemente contestó:
      -En seguida vamos, alteza.
            A medida que se acercaban comenzó, (ante sus atónitos ojos) a
levantarse una potente fortaleza, los soldados trataron de derribarla con todo aquello que tenían a su alcance, pero sin
éxito, los más osados se pusieron a escalar el muro, pero cuanto más subían más se elevaba, hasta que agotados, no les
quedaba otra salida que descender. Al otro lado de la pared, se oía, por una parte las risotadas del diabólico ratón y por
otro los entrecortados sollozos de la princesita pidiendo ayuda una vez más.
      -¡Socorro, salvadme del monstruito.....!
            Con la nueva y humillante capitulación, la desesperación del monarca no
tenía límites. Se le ocurrió entonces, conceder la mano de su hija al joven noble que la librara de su cautiverio, cosa
que hizo saber por todo el reino con un sonoro bando. La noticia se propagó con la rapidez de un rayo, dentro y fuera de
sus dominios llegando a todos los confines del planeta, donde ya se tenía conocimiento de la belleza y bondad de Hijana.
A todo ello había que añadir un atractivo más, las riquezas de su padre, del que era la única heredera.
            Con estos precedentes no es de extrañar que apuestos y feos
(que también los había) príncipes solteros de la época se lanzaran a la aventura de rescatar a la insigne heredera, pero
sin éxito, ninguno fue capaz de vencer al ratón.
            Cuando el desolado padre había perdido toda esperanza de recuperar
a su hija con vida, un buen día, se presentó ante él Pantarín, un atractivo joven que no tenía ni gota de sangre azul en sus venas,
pero si en cambio, otros muchos valores y atributos. El monarca nuevamente ilusionado, concedió plenos poderes, al valiente
e intrépido muchacho, para actuar como considerara conveniente en la liberación de la princesa.
            Como todos los que le precedieron, Pantarín se dirigió hacia
los dominios del maléfico roedor con el fin de descubrir donde residía la misteriosa fuerza que poseía. El animalejo, una
vez más, recibió a su visitante con jugarretas mágicas apareciendo y desapareciendo por donde menos se esperaba a la vez
que se levantaba la fantasmagórica muralla rodeando el mísero aposento de la princesa cautiva.
            Al primer descuido del ratón, el joven le tendió una trampa:
en un cepo colocó un pedacito de hogaza, y desde un buen escondite observó como el raptor se aproximaba a la comida
e inmediatamente después salía huyendo, cuando Pantarín se acercó a recoger su rudimentaria máquina de cazar ratones
comprobó que entre los muelles se habían quedado atrapados tres pelitos del bigote del animal, percibiendo además que el
misterioso muro perdía por momentos, altura y consistencia.
      ¡Ahí pues!, era donde se concentraba la fuerza del minúsculo ratón.
            
Una vez descubierto el motivo de su lucha, puso en marcha el plan definitivo: Entre la maleza disimuló una gruesa capa
líquida y muy pegajosa con materiales que él mismo preparó, depositando en el centro un trozo de queso, (exquisito bocado
para un ratón), mientras Pantarín, de nuevo en su escondite, escudriñaba los movimientos de Bigotitos, que no pudiendo
resistir la tentación cayó en el engaño, quedando fuertemente aferrado a la viscosa pasta. El valiente e ingenioso joven agarró al
ratoncillo y uno a uno le fue arrancando todos los pelos del bigote, acabando para siempre con su poder.
            Liberó a la bella princesa y con tan preciada compañía se dirigió a palacio donde fue
recibido con grandes muestras de júbilo y agradecimiento, por parte del soberano, los cortesanos y el pueblo llano. A pesar de no ser noble por razones de nacimiento, el rey,
fiel a su promesa le concedió la mano de su hija sin ninguna reserva. Se casaron y fueron muy dichosos durante su
dilatada vida, disfrutando además, de la compañía de una numerosa prole.
            Cuenta la leyenda que Hijana, de buen corazón, alimentaba de
vez en cuando a un ratoncito que por carecer de bigotes tenía alguna que otra dificultad para conseguir comida, no así para
burlar a los gatos palaciegos, demostrando ser más astuto e inteligente que todos ellos.
FIN
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