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LA PELOTA GOTABOTA
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Como te decimos todas son muy entretenidas y divertidas, tienes una escala de niveles para que elijas las que más se acople a tus gustos.
Todas las palabras puedes encontrarlas en el texto del cuento.
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La pelota Gotabota rodaba y rodaba sin cesar dejando tras de sí una estela húmeda, producto de un inagotable manantial de
llanto que brotaba a raudales de sus enormes ojos verdes. Sin proponérselo, se había desprendido de las frágiles manitas
que la sujetaban y con las que compartía toda suerte de juegos, deslizándose, desprovista de todo control, por una marcada
pendiente hasta dar con sus doloridos huesos en un asqueroso, maloliente y sucio matojo.
En tan lamentable estado la encontró Faucho, un travieso
sabuesillo, con el que había organizado y compartido arriesgados y divertios juegos en más de una ocasión.
-¡Hola Gotabota!
-¡Hola Faucho!
-¿Por qué lloras tan desconsoladamente?
Gotabota entre grandes y entrecortados suspiros respondió al perrito:
-En un descuido de mi pequeña amiga, me he perdido y aquí me tienes sola, triste y muy
aburrida y asustada.
-Deja de llorar, -continuó el perrito-, que te pones muy fea; recupera tu bonita sonrisa,
que yo te ayudaré a encontrar a tu dueña.
-¡Muchas gracias!, Faucho, -contestó Gotabota mucho más animada.
-Has tenido suerte que yo te encontrara, pero no creas que ha sido por casualidad, no,
al corretear por esta pradera, he percibido un aroma familiar y al acercarme para averiguar de que se trataba, ahí estabas tú.
-Sí, ha sido una gran suerte ¡Faucho! y ahora, me encuentro mucho mejor.
-Como muy bien sabes, -continuó Faucho consolando a Gotabota, a la vez que cariñosamente
secaba sus lágrimas-, soy un experto husmeador y no tardaré en dar con el paradero de tu
dueña. Si me lo permites te llevaré en mi boca para poder avanzar con más rapidez, ¡prometo no dañarte!
-¡Claro que sí Faucho!, estoy encantada, -contestó la pelotita, que por momentos estaba recuperando su
natural alegría.
El sabueso, con sumo cuidado, deposito a Gotabota en su
enorme boca y a la mayor velocidad posible la llevó hasta el colegio de su amiguita, después de la tremenda carrera se
encontraron con la puerta cerrada, ninguno de los dos había considerado la posibilidad de que fuera festivo y por tanto,
no hubiera clase.
Como el perrito era joven, enérgico y muy avispado, rápidamente
enmendó la decepción, sin perder un instante y con la misma marcha, se dirigió hacia el parque del barrio y allí, para
alegría de todos, se encontraba la joven dueña de Gotabota, triste y cabizbaja, muy afanada buscando su inseparable
compañera de juegos, mientras los demás niños se distraían ajenos a su dolor. ¡Imaginaos su alegría!, al ver aparecer a
Faucho con su pelota; Muy agradecida llenó de besos su graciosa carita y como si nada hubiese pasado, reanudó sus juegos
donde los habían dejaron el día anterior.
Durante muchas horas estuvieron los tres saltando y brincando sin cesar, de júbilo.
FIN
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