hoja 3
JUANILLO EL OSO
El primer día fue Arrancapinos el que tuvo que hacerse cargo de las tareas domésticas, entre otras, preparar la comida, se dirigió al lugar donde pacían las vacas y para desdicha del animal, eligió a la más gordita que en un santiamén termino al fuego, bien troceada y aderezada, colocada en un viejo caldero que encontró en un rincón de la no menos vieja cocina. Arrancapinos estaba feliz sentado al fuego contemplando y saboreando de antemano el aromático guiso, cuando algo por la chimenea llamó poderosamente su atención, era un horrible demoniejo que desde lo alto y de forma descarada le decía:
-¿Bajo? ji, ji..., ¿bajo?
-Baja si quieres. -Se limitó a responder, el sorprendido muchacho.

Y con la rapidez de un rayo, el espantoso demonio cayo por la chimenea, se sentó en sus rodillas y propinó un nutrido escupitinajo verde sobre la comida, que ya casi estaba lista para llevar a la mesa; enfadado Arrancapinos intentó golpear al molesto y atrevido visitante, pero en la contienda quedó bien probada la superioridad del intruso, que salió ileso escapando ágilmente por donde había bajado, sin dejar ningún rastro, mientras el muchacho herido y maltrecho yacía por los suelos retorciéndose de dolor.

Cuando volvieron sus compañeros y repararon en su estado físico, se interesaron por lo ocurrido, pero Arrancapinos avergonzado no soltó palabra del increíble incidente que acababa de protagonizar, justificó su lamentable aspecto como pudo; hambrientos como se encontraban todos, se sentaron a la mesa, pero ninguno de los tres pudo tragar bocado, la comida amargaba como las hieles, tuvieron que saciar el apetito con algunas hierbas comestibles.

A la mañana siguiente el turno para quedarse en casa fue para Allanacerros, los acontecimientos comenzaron a sucederse en el mismo orden, cuando el muchacho estaba mas tranquilo y despreocupado pensando únicamente en la sabrosa comida, que ya estaba presta para la mesa, apareció el grotesco diablillo por la chimenea y sentándose en sus rodillas roció el guiso con un nuevo escupitinajo verde, después de una encarnizada lucha el demoniejo desapareció sin un rasguño mientras el pobre Allanacerros, al igual que le sucediera el día anterior a su compañero, salía de la contienda derrotado y luciendo un lamentable aspecto.

Al llegar a casa sus amigos, Juanillo intrigado, no sin razón, preguntó por lo sucedido, pero tampoco, esta vez, obtuvo ninguna respuesta convincente por parte de Allanacerros, al pobre le impedía explicarse la espantosa humillación que acababa de sufrir, aunque no por ello, dejó de cruzar una mirada de complicidad con la primera víctima, que no paso desapercibida al desconcertado muchacho. Ni que decir tiene, que también en esta ocasión, la comida acabó en la basura, ante la imposibilidad de poderse comer.

Cada vez más confuso y molesto, por el mutismo de sus compañeros, que delataba, que algo raro y misterioso acontecía todos los días en la añeja y medio derruida vivienda; Juanillo manifestó: "Mañana seré yo quien se quede en casa, así podré descubrir que me estáis ocultando". El joven actuó como sus antecesores preparando la comida con el mayor esmero posible, cuando ya casi estaba a punto para hincarle el diente se oyó la misteriosa voz del demoniejo:
-¿Bajo? ji, ji..., ¿bajo?

Aunque durante toda la mañana estuvo esperando que algo sucediera, no dejo de sorprenderle el ridículo personajillo que desde lo alto de la chimenea se dirigía a él, algo desconcertado pero nada asustado contestó:
-Puedes bajar si quieres, pero ¡atente a las consecuencias!

A la velocidad de un rayo se precipitó por la chimenea yendo directamente a sentarse en sus rodillas, Juanillo se lo quitó de encima con un gran empujón, aunque no pudo evitar que salpicara el guiso con el escupitinajo verde. Visiblemente enfadado cogió su enorme garrota propinándole tan colosal paliza que esta vez los acontecimientos se invirtieron, mientras el diabólico huésped huía herido y cojeando, dejando tras de sí un reguero de sangre, el heroico muchacho salía totalmente intacto del altercado. ¡Por fin, se enteró Juanillo, de las peripecias vividas por sus amigos!

Juanaillo el Oso, página 2.
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