hoja 4
JUANILLO EL OSO
Sospechando lo que ocurriría con la comida la probó,
evidenciando que no se podía tragar, rápidamente la tiró y preparó otra vaca; cuando llegaron los otros, todo estaba en
orden, como si nada hubiera pasado, pudiendo por fin, disfrutar del banquete.
Satisfechos tras la suculenta pitanza, nuestro protagonista consideró
que era hora de pedir explicaciones. Después de sincerarse llegaron a la conclusión de que a los tres les había sucedido lo mismo,
únicamente Juanillo había sido capaz de salir airoso de la situación, mostrando así, su superior talento y valor, como
percibía algún asomo de duda en sus compañeros, les mostró el rastro rojo que había dejado el demoniejo al salir
(no tan precipitadamente como los días anteriores) por la chimenea, intrigados y ávidos de aventuras, decidieron seguir las
huellas del malévolo para ver a donde les llevaba. Presentían y, no les importaba, que su corta estancia en aquel tranquilo
paraje había llegado a su fin.
Los tres muchachos, todo impaciencia, se pusieron a seguir la pista que
había dejado el demonillo, tras atravesar la inmensa llanura que tenían ante si, ésta se precipitaba por
un estrecho sendero, adentrándose en un bosque cada vez más espeso e impenetrable, (imposible de descubrir de no haber sido por
tamaña circunstancia) hasta desembocar en una pequeña explanada, en el centro de la cual podía verse un pozo, más bien normalito,
teniendo en cuenta los demás componentes de la historia.
Todos ellos se fueron asomando al brocal sin conseguir ver el fondo, tiraron algunas piedrecitas para calcular su
profundidad, comprobando así, que no era con agua con lo que tropezaban al caer, sino con algo mucho más firme y duro.
Cada vez más intrigados y excitados se dispusieron a bajar para ver lo que contenía. Prepararon para sus fines, una larga
soga, con la que atarse por la cintura e ir deslizándose poco a poco hasta alcanzar el suelo. Si el primero
tropezaba con algún obstáculo insalvable gritaría para que le subieran a la superficie rápidamente.
Fue Arrancapinos el primero en lanzarse a la aventura, al poco
tiempo de su descenso empezaron a oírse gritos de socorro suplicando que le subieran. Cuando estuvo arriba y le preguntaron
por el problema, contestó: que había tropezado con una gran capa de hielo que le fue imposible traspasar.
Allanacerros se burlaba de él mientras decía: "Ahora seré yo quien baje, pues no tengo ningún temor al frío".
De nuevo le ataron la soga a la cintura y se lanzó al vacío, pero no paso mucho tiempo sin que se oyeran los desgarradores gritos de auxilio exigiendo que le subieran
con la mayor rapidez. Cuando el asustado muchacho estuvo fuera del pozo, relató: que había podido superar la capa de hielo,
pero fue incapaz de resistir una oleada de fuego que le acometió un poco más abajo.
Estos hechos que ponían el bello de punta a cualquiera, no
intimidaron lo más mínimo al valiente Juanillo, cuando le llego su turno estaba dispuesto a vencer, a cualquier precio,
todos aquellos obstáculos y cuantos más se le presentaran, advirtió encarecidamente, que si en algún momento flaqueaba
pidiendo que le subieran, lejos de obedecer, soltaran cuerda más rápidamente. Comenzó a descender y muy pronto a sentir los
efectos del frío, el dolor paralizaba sus miembros pero haciendo acopio de todo su valor superó la capa de hielo; cuando
llegó al intervalo de fuego tan insoportable era el calor que en un momento de debilidad suplicó que le subieran, pero los de arriba, fieles a su promesa, soltaron cuerda
con más destreza, así llegó nuestro héroe al final del recorrido, en donde nuevos y sorprendentes acontecimientos le estaban esperado.
Tras el silencio inicial y oscuridad absoluta del fondo del pozo, Juanillo empezó a vislumbrar una tenue luz; sin el menor titubeo se dirigió hacia ella, a medida que se acercaba subía en intensidad hasta equipararse a la del sol; ante los atónitos ojos del muchacho apareció entonces un lugar mágico, en donde el potente resplandor, reflejado en la más extraña, bella y variada vegetación, unas veces flotando en arroyos chispeantes y otras resbalando en cascada por escarpados e inmensos acantilados, lanzaba, por doquier, ráfagas de tonalidades enigmáticas y cegadoras para el ojo humano.
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