hoja 6
JUANILLO EL OSO


El diablillo desapareció y con él, todo el hechizo y dificultades que rodeaban a las regias cautivas, cedieron las pesadas puertas dando paso a las tres hermosas jóvenes que recibieron a su libertador con grandes muestras de agradecimiento. La más bella, además de heredera al trono, (de la que se quedo prendado Juanillo, nada más verla), prometió casarse con el esforzado muchacho después de contar con la aprobación y bendición del rey, su padre.

Lo primero era salir de allí, Juanillo no sabía si sus amigos estaban aún arriba, donde los había dejado, gritó pidiendo que echaran la soga, éstos que le oyeron se apresuraron a lanzarla, una tras otra, fueron subiendo las tres princesitas, cuando por cuarta vez reclamó la cuerda para poder subir él, le asaltó la duda de la lealtad de sus compañeros, más de un recuerdo venía a justificar su desconfianza; tomó entonces la precaución de colgar la pesada garrota, y como muy bien sospechaba y temía, a la mitad del recorrido cortaron la cuerda y el bastón, se precipito contra el suelo con gran estruendo; tan tremendo fue el golpe que de haberlo recibido Juanillo, hubiera acabado con su vida al instante.

Los pérfidos muchachos, contaron a las princesas (que estaban un poco apartadas y no se percataron la hazaña de sus acompañantes), que la soga se había roto y nada pudieron hacer por salvar la vida de su joven amigo. Todos le dieron por muerto. Algo que entristeció mucho a dos de las princesas y dejo desolada a Leonor, (ese era el nombre de la bella heredera), enamorada y prometida, como estaba, del desafortunado joven.

Arrancapinos y Allanacerros, se habían dejado vencer por la envidia, sin haber hecho mérito alguno, querían para si todos los honores y recompensas. Con las ilustres muchachitas se dirigieron a la ciudad donde estaba la corte, presentándose ante el rey como los auténticos libertadores de las cautivas, el monarca dando por cierto el relato de los traidores, muy feliz y agradecido les concedió la mano de sus dos hijas menores, siempre que ellas estuvieran de acuerdo, como no eran mal parecidos y por el camino habían quedado impresionadas con alguna que otra demostración de fuerza, éstas se mostraron totalmente de acuerdo y muy satisfechas con la decisión de su ilustre padre.

Mientras en la capital del reino, los ingratos compañeros de Juanillo, disfrutaban de todos estos gozosos acontecimientos; con éste, parecía haberse cegado la desdicha, después de varios días continuaba allí, en el sombrío fondo del pozo, solo y apesadumbrado sin saber que hacer, ni como subir a la superficie, sufriendo además la insoportable tortura del hambre. Instintivamente se metió la mano al bolsillo y tropezó con algo, era el apéndice auditivo del famoso demonio, tan angustioso era el vacío de su estómago, que le propino un buen bocado, y al momento se oyó una voz que le decía:
-Pide cuanto quieras que te será concedido.
-Mi primer deseo es poder comer bien. -Contestó Juanillo atónito, ante la nueva y por una vez grata sorpresa.

Ante los desorbitados ojos del muchacho apareció como por arte de magia, una mesa llena de los mas exquisitos y variados manjares, después de dar buena cuenta del banquete volvió a morder la oreja, encontrado la misma respuesta, esta vez Juanillo le pidió que le sacara del pozo, al instante se encontró en la superficie, allí naturalmente no había ni rastro de sus compañeros ni de las princesas, suponiendo que se habían marchado a la corte del rey, hacia allí, decidió encaminar sus pasos.

Durante el largo camino hacia la ciudad, tropez ó con un individuo montado a caballo que llevaba otro de repuesto, entablando con él una animada charla. El caballero se encapricho del cayado del joven y le propuso un cambio por alguno de sus caballos, Juanillo tenía un cariño especial por su garrota, no sin razón; su inseparable compañera, no solamente le había sacado de más de un grave apuro, si no, que hasta había podido salvar la vida gracias a ella; tardó mucho en decidirse, pero al final venció el buen juicio y aceptó el trueque, en las circunstancias que se encontraba le sería más útil el rocín.

Juanaillo el Oso, página 5.
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