hoja 7
JUANILLO EL OSO
Erguido en su montura se propuso llegar hasta el mismísimo palacio del monarca, pero al final no se atrevió, pensando que su hazaña habría caído en el olvido y de lo que menos se acordaría su princesita sería de la promesa que le hiciera dentro del pozo. ¡Qué lejos estaba el muchacho, de la realidad!

Una mañana que Juanillo el Oso se encontraba curioseando por una de aquellas multitudinarias y alegres ferias, distinguió de lejos a sus antiguos amigos, éstos que también se percataron de su presencia, temiendo represalias por su traición y algo avergonzados por su desleal comportamiento, trataron de escabullirse precipitadamente, pero el muchacho les dio alcance.

Como es de suponer el encuentro estuvo lleno reproches, menos en realidad, de lo que merecían los dos hombres que habían tratado de liquidarle. Muy compungidos le pidieron clemencia pero Juanillo, que tenía más de un motivo para no confiar en ellos, les ofreció el perdón a cambio de dejarse marcar la espalda con las herraduras candentes de su caballo. Aunque les pareció algo duro el castigo, dado por una parte, su sincero arrepentimiento en ese momento y por otra, la superioridad del muchacho, aceptaron el escarmiento, todos se encaminaron a la herrería y allí fraguaron su plan, después de esto cada uno se fue por su camino.

Días más tarde, el rey a bombo y platillo anunciaba la boda de dos de sus hijas con los heroicos hombres que las habían librado del hechizo que las tenía cautivas, el sorprendido Juanillo que no se perdió palabra del bando real, se indigno tanto con la mentira, que decidió poner las cosas claras de una vez por todas. Nuevamente era víctima de la traición de sus pérfidos colegas. ¡Y pensar que el día de la feria, creyó en un sincero arrepentimiento!

Decidido a no consentir que el soberano casara a sus hijas sin saber antes toda la verdad, el día de la boda se fue corriendo hacia palacio mezclándose entre la multitud curiosa que se agolpaba por los alrededores, cuando comenzó el desfile de la regia comitiva encabezada por el rey hacia la catedral, Juanillo gritó con todas sus fuerzas una y otra vez:
-¡Los futuros consortes son unos impostores....!

La gente indignada trataba de echarle de allí sin éxito, amparado por su superioridad física y por el ímpetu de la verdad, el muchacho resistió estoicamente el furioso e inesperado ataque de la muchedumbre, cuando el monarca se percató del revuelo pidió que llevaran a su presencia al alborotador, exigiéndole una explicación.

Entonces Juanillo contó, con pelos y señales, todo lo acontecido en las profundidades del pozo, el monarca (que naturalmente ignoraba los detalles del enigmático suceso) junto con el resto de la corte, escuchaba boquiabierto y ensimismado el sorprendente relato, y para que no quedara ningún asomo de duda, pidió a los novios que descubrieran su espalda donde estaban la marca de las herraduras de su montura, ante su rotunda negativa, nuevamente intervino el rey ordenando que lo hicieran, y allí estaba, marcada a fuego, la prueba evidente de su traición.

A pesar de que ya no quedaban dudas sobre la verdad del relato de Juanillo, el soberano llamó a sus hijas que al instante reconocieron al muchacho como su autentico libertador. La última en aparecer fue Leonor que saltó de gozo al ver que su enamorado permanecía vivo. La bella princesa puso a su padre al corriente de la promesa que hizo en el pozo, éste aceptó complacido y bendijo las nupcias. Después de estas confidencias, que vinieron a poner las cosas en su sitio, llegó la hora del perdón, en el corazón del noble muchacho no había cabida para el rencor, también perdonaron el rey y sus hijas, y como ya estaba todo preparadon con gran boato, fueron tres las bodas que se celebraron.

Cuenta la leyenda que Juanillo el Oso como rey consorte no tuvo parangón en la historia, llenando de felicidad su casa y a todo el reino, que fue el más prospero de la antigüedad.
Fin
Juanaillo el Oso, página 6.
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