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LA DISTINGUIDA MUSY
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Como te decimos todas son muy entretenidas y divertidas, tienes una escala de niveles para que elijas las que más se acople a tus gustos.
Todas las palabras puedes encontrarlas en el texto del cuento.
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 La
aristocrática gatita Musy Condesy, era hija de un conde tailandés y de una princesa persa, que se habían conocido y
comenzado una vida en común en el país de la mamá, pero por esos curiosos avatares de la vida, terminaron residiendo
en dos lujosos aposentos de una rancia corte europea, en donde y (como es fácil deducir), gozaban de una cómoda y relajada
vida junto a su numerosa prole.
En este agradable y principesco ambiente creció feliz y bien
alimentada la distinguida gatita, pero al alcanzar la edad de merecer, inquieta por naturaleza, aburrida de
tan apacible existencia, comenzó a salir de noche y volver de madrugada. En estas primeras, tímidas y espaciadas correrías
nocturnas que con el tiempo terminaron siendo habituales, la coqueta y caprichosa Musy conoció a muy diversos congéneres:
simpáticos, antipáticos, serios, divertidos, muy buenos pero, también de naturaleza peligrosa. Sus padres que intuían el
peligro de esta conducta, le pusieron al corriente de los riesgos que entrañaba, pero la rebelde gatita hizo caso omiso de
sus advertencias, algo por lo que llegaría a pagar un alto precio.
Una desdichada noche junto a una pandilla de recientes amigos con
pocos escrúpulos, después de una sonora juerga nocturna deambulando por los tejados de la soñolienta ciudad, ya de
madrugada se introdujeron, (como una fechoría más) en un destartalado barco que se hallaba atracado en el muelle. Vencida
por el cansancio se quedó profundamente dormida en uno de los vericuetos del navío, cuando despertó ¡oh sorpresa!, el barco
había zarpado y se encontraba en medio del océano, con un tremendo mareo provocado por el incesante movimiento de las olas.
Pasado algún tiempo, el desagradable efecto de vértigo fue sustituido por una angustiosa a la vez que dolorosa sensación
en el estómago, era víctima del hambre e ignoraba como conseguir alimento, hasta entonces siempre se lo había encontrado en un platito bien
limpio con sus iniciales primorosamente grabadas. Como no se le ocurría nada mejor para saciar su urgente apetito, intentó
coger comida a los marineros, pero no solamente resultó en vana su tentativa, sino, que descubierta, fue objeto de muchas
burlas y algún que otro molesto tirón de rabo. Como talento no le faltaba, optó por desaparecer de la vista de la tripulación
y esconderse lo mejor que pudo a esperar pacientemente que se detuviera la horrible y ruidosa máquina, (¡que poco se parecía
al yate de su familia!) en la que por error
se encontraba prisionera y que tan lentamente surcaba los mares.
Después de interminables jornadas navegando, por fin llegaron
a tierra, Musy algo mareada y con un insoportable dolor de estómago que le era desconocido, esperó con impaciencia a
que descendiera todo el personal, temía que si era descubierta, se produjera la humillante escena de días anteriores, al
intentaba apoderarse de algo de comida.
Cuando tuvo la certeza de que el barco estaba vacío, se deslizó fuera, tan rápidamente como sus mermadas fuerzas se lo
permitieron ¡"por fin libre"! -exclamó a gritos-, nada más poner los pies en el suelo. Lo primer y más urgente era conseguir
comida, -¡ya pensaría, en su desesperada situación!- se dejó guiar por su olfato que la llevó hasta un basurero donde
habían depositados unos restos de pescado, los comió con avidez, y aunque no se parecía en nada a los exquisitos manjares a
los que estaba acostumbrada, el hambre hizo que le supieran a gloria.
Algo recuperada con el escaso alimento que acababa de ingerir
volvió a la cruda realidad: se encontraba totalmente sola, vagabundeando por una fría y lluviosa ciudad, helada de frió,
medio muerta de miedo y sin saber a donde dirigirse, para colmo de males, tropezó con un perro pendenciero, que comenzó a
perseguirla y al parecer, no con muy buenas intenciones, sus ágiles patitas la salvaron de no caer en sus garras, aunque
estuvo a punto de sufrir males peores, tan precipitadamente saltó a un tejado, huyendo de su perseguidor, que perdió el
equilibrio y a punto estuvo de caer dentro de una humeante chimenea, afortunadamente lo que podía haber sido una tremenda
tragedia para la joven gatita se saldó con un morrocotudo coscorrón, que la estuvo molestando durante varios días.
Agotada, sin saber donde dirigir sus pasos, con la cabeza
dolorida por el reciente golpe, se refugió en un cálido establo, con la indiferente aprobación de todos sus moradores,
hasta la un gracioso perrito, con el que más tarde haría una buena amistad, allí se quedo placidamente dormida. La
despertaron unas alegres voces infantiles, que no dejaban de mostrar su satisfacción por haberla encontrado la cogieron
suavemente en brazos y la llevaron hasta la vivienda obsequiándola con un platito de leche tibia, que la reconfortó bastante.
Al ser una gatita guapa y de noble abolengo, fue muy bien acogida por todos los miembros de la casa que la, invitaron a
quedarse, ella claro, acepto encantada.
Aunque la humilde y acogedora vivienda rural, situada en las afueras de la ciudad, distaba mucho de parecerse a su opulento
palacio, reunía todas las condiciones para que moradores conformistas fueran felices, pero a Musy le era imposible conseguirlo,
atormentada como estaba, con la idea de no poder volver a encontrarse con sus padres y pedirles perdón por su insensato
comportamiento.
Un bonito día que se encontraba tomando el sol en la porche, acertó a pasar por la puerta un, gatito pelirrojo vestido de
marinero, después de intercambiar saludos y confidencias, Musy le relató su aventura, con pelos y señales. El simpático
felino, contó, -a su vez- que conocía a sus padres, los Condesy, popular y respetada familia en el ambiente gatuno, además
al día siguiente su barco partiría precisamente hacia su país, ofreciéndose a devolverla a sus orígenes. Al oír tan ansiada
proposición, Musy corrió a prepararse, se despidió, no sin pena, de sus amigos prometiendo visitarles con frecuencia.
El viaje de vuelta, en compañía de su reciente
amigo no tuvo ningún contratiempo, más bien fue bastante placentero. Su familia, que había aumentado en los meses
que ella estuvo fuera, la recibió con inmensa alegría celebrando una gran fiesta en su honor a la que asistió toda la
nobleza gatuna y en donde obtuvo un puesto destacado el gatito marinero, como representante de la plebe felina y sobre
todo por su buena hazaña.
Musy aprendió la lección y nunca más volvió a salir de noche y
mucho menos, a confiar en desconocidos.
FIN |
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